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San Juan Bosco

San Juan Bosco (presbítero) tuvo a los nueve años un sueño que marcó su camino entre los jóvenes más necesitados.

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Los muchachos se pelean y blasfeman. Juan intenta detenerlos con exhortaciones; luego, también con los puños. De pronto, aparece Jesús y le muestra otro camino: ganárselos con mansedumbre y amor. Después llega la Virgen, su Maestra, y le indica que guíe a aquellas ovejas. Juan tiene nueve años, pero ese sueño quedará unido a toda su vida.

Hola, qué gusto compartir contigo esta historia de San Juan Bosco. Importa hoy porque habla de cómo acercarse a quien necesita ayuda sin humillarlo, y de convertir una intuición en servicio. Juan no tenía todavía una escuela ni una obra propia. Era un niño de una familia campesina, con una infancia difícil y un futuro que aún debía abrirse paso.

Desde pequeño comenzó a interesarse por ayudar a los niños pobres y, según cuenta la historia, empezó a enseñarles el catecismo y a llevarlos a la iglesia. Su respuesta no nació de tenerlo todo resuelto. Comenzó con un sueño, y siguió con trabajo, estudio y una presencia cercana entre los muchachos.

Juan Melchor Bosco nació en I Becchi, cerca de Castelnuovo, en el Piamonte. Era el menor de los hijos de un campesino. Su padre, Francisco, murió cuando Juan tenía alrededor de dos años. En casa quedaron Margarita, su madre, y sus hermanos, entre ellos Antonio, hijo de un matrimonio anterior de Francisco.

La familia atravesó dificultades económicas, y también hubo tensiones entre los hermanos. Margarita, una mujer pobre y laboriosa, asumió la educación de sus hijos. No sabía leer ni escribir, pero sostuvo el hogar con esfuerzo. La infancia de Juan no transcurrió al margen de la necesidad.

Para poder seguir estudiando, más adelante tendría que buscar trabajo y vivir lejos de casa. De niño, sin embargo, ya empezó a reunir a otros muchachos. Les enseñaba el catecismo y procuraba llevarlos a la iglesia. También aprendía a ganárselos con sus habilidades de acróbata.

Su vida empezaba en un lugar pequeño y en una familia con pocas posibilidades. Allí se formó el vínculo que marcaría su camino: el cuidado de los jóvenes.

El deseo de ser sacerdote no le abrió un camino fácil. Juan debía estudiar, pero también ganarse el pan. En un pueblo cercano trabajó en el campo y en un establo, mientras buscaba tiempo para estudiar y rezar. Don Calosso, capellán de Murialdo, se convirtió en su primer profesor de latín y guía espiritual.

Cuando murió repentinamente, en noviembre de 1830, Juan tuvo que continuar sin aquel maestro. Caminaba largas distancias, vivía como pensionista en casa de un sastre y músico, y aprendía distintos oficios. A veces dormía debajo de una escalera. A los dieciséis años ingresó en el seminario de Chieri.

Su pobreza era tan grande que tuvo que mendigar para reunir ropa y dinero. Recibió ayuda de personas del pueblo: unos le dieron prendas y otros, calzado. Más adelante, san José Cafasso lo orientó hacia los jóvenes abandonados. Juan quería servirlos, y aquella orientación lo llevó a permanecer junto a ellos. En 1841 fue ordenado sacerdote. Su vocación no apartó el trabajo ni la dificultad: los atravesó para hacerse posible.

La prueba de Juan no fue una dificultad pasajera. La muerte de su padre dejó a la familia en una situación económica precaria. Para estudiar, tuvo que salir de casa, trabajar y alternar las labores con la oración y el aprendizaje. La muerte repentina de Don Calosso, su primer maestro de latín, le quitó también una guía importante.

No tenemos que imaginar que todo se resolvió de pronto: Juan siguió adelante con jornadas exigentes, oficios distintos y largos trayectos. En el seminario, necesitaba conseguir hasta la ropa indispensable. La ayuda de otros hizo posible que continuara, pero no borró la pobreza que lo acompañó.

Después de ordenarse, encontró otra dificultad en su trabajo con los chicos de Turín. Los reunía los domingos, aunque al principio no tenía un local estable para su oratorio. La obra dependía de apoyos y de su capacidad para sostener el encuentro. No hay en esta historia un camino sin tropiezos.

Hay un joven que persevera y un sacerdote que dedica sus energías a la educación de los jóvenes, en especial de quienes eran pobres y abandonados. Su relato muestra las dificultades que atravesó y el servicio que realizó junto a ellos.

Volvamos al sueño de los nueve años. Juan ve una multitud de muchachos que se pelea y dice blasfemias. Él interviene primero hablando y después golpeando, pero no consigue guiarlos de esa manera. Entonces aparece Jesús. Le enseña que no los ganará por la fuerza, sino con mansedumbre y amor.

La Virgen se presenta como Maestra y le entrega una misión: guiar a sus ovejas. Cuando ella habla, los niños se convierten primero en animales feroces y después en ovejas. El sueño no le entrega un plan de estudios ni un lugar donde reunirlos. Le deja una imagen y una forma de actuar.

Años más tarde, Juan comenzó a enseñar catecismo a los chicos de su pueblo y a llevarlos a la iglesia. Para atraerlos, hacía acrobacias. Un domingo, cuando un acróbata ambulante consiguió que los muchachos no fueran a misa, Juan lo desafió en su propio terreno.

Ganó y luego se dirigió con ellos a la iglesia. Aquella escena concreta parece prolongar la lección del sueño: acercarse a los jóvenes exige encontrar el modo de llegar a ellos.

Con el paso de los años, aquel primer sueño no quedó como un recuerdo aislado. Se conocen 159 sueños proféticos atribuidos a Don Bosco, y en los periodos críticos de su vida una visión del cielo le señalaba el camino. Entre ellos se menciona el sueño de la Nave de Pedro, aunque aquí no necesitamos completar lo que no sabemos de esa imagen.

Basta detenerse en la continuidad: el niño que recibe una misión vuelve a encontrar orientación cuando su obra atraviesa momentos difíciles. También se le atribuyó un don de consejo. Los muchachos de la calle lo reconocían como el padre que siempre estaba alegre y contaba historias.

Quienes hablaban con él podían quedar unidos a él desde el primer encuentro. Sus consejos, descritos como ordinarios, podían cambiar a las personas. La tradición vinculó además su gran devoción a María Auxiliadora con innumerables milagros. No se trata de una escena única con nombres y circunstancias precisas, sino de una devoción que acompañó su labor. La oración, el consejo y la atención a los jóvenes aparecen juntos en la memoria de Don Bosco.

La atención de Don Bosco a los jóvenes se convirtió en una obra compartida. A mediados del siglo XIX comenzó la Sociedad Salesiana, formada para dar continuidad a su espíritu y a sus iniciativas. En 1872 fundó con María Mazzarello el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, dedicado a las niñas y jóvenes.

En 1875 partió hacia Argentina la primera expedición misionera salesiana, con salesianos e Hijas de María Auxiliadora. Don Bosco también impulsó a los Cooperadores y promovió talleres para que los jóvenes aprendieran oficios. La obra no se limitó a reunirlos: buscó ofrecerles educación, vida cristiana y formación práctica.

Su nombre quedó ligado a la juventud, y su fiesta se celebra el 31 de enero, día de su muerte, ocurrida en 1888. Fue beatificado por Pío XI en 1929 y declarado santo en 1934. También se recuerda su devoción a María Auxiliadora y la basílica levantada en su honor en Turín. De generación en generación, el trabajo salesiano mantuvo viva aquella invitación a educar acompañando.

Tal vez hoy llegas cansado del trabajo y todavía te espera una conversación difícil en casa. O quizá intentas acompañar a un hijo, un alumno o alguien joven que se ha alejado. La historia de Don Bosco no te pide que tengas respuestas perfectas. Te muestra que la cercanía puede empezar con paciencia, con una palabra que no humilla y con tiempo para aprender qué necesita el otro.

Él mismo tuvo que trabajar mientras estudiaba y recibir ayuda para continuar. Después usó sus habilidades para acercarse a los muchachos, y abrió espacios donde podían encontrarse, aprender y rezar. No confundió la formación con regaños: desde aquel sueño, la mansedumbre y el amor quedaron unidos a su misión.

Si hoy tienes poco tiempo o pocos recursos, su vida no te exige imitar una obra enorme. Puede recordarte que un gesto concreto importa: escuchar, enseñar algo útil o acompañar a alguien a dar el siguiente paso. Y si dudas de tu capacidad, mira el comienzo de Juan: un niño pobre, sostenido también por otros, que fue respondiendo a su vocación poco a poco.

Al final, volvemos a aquel niño frente a los muchachos que se pelean. Juan intenta detenerlos a golpes, pero Jesús le enseña otro camino. Después, la Virgen le muestra una misión que crecerá con estudio, trabajo y servicio. Quizá esa imagen te acompañe cuando no sepas cómo acercarte a alguien difícil: no para resolverlo todo de inmediato, sino para recordar que la paciencia también puede abrir una puerta.

San Juan Bosco, ruega por los jóvenes que necesitan compañía, por quienes los cuidan y por quienes enseñan con pocos recursos. Ayúdanos a ofrecer una palabra que anime y una presencia que no abandone. Gracias por escuchar esta historia con cariño. Si te hizo bien, suscríbete al canal y compártela con alguien que necesite recordar que cada joven merece ser acompañado. Nos encontramos en la próxima historia de fe.

Fuentes consultadas

Contenido de divulgación católica elaborado con ayuda de inteligencia artificial (investigación, guion, voz e imágenes) y revisado por el equipo del canal. Las ilustraciones del vídeo son representaciones artísticas generadas con inteligencia artificial; este contenido es independiente y no está patrocinado ni respaldado por OpenAI. Producción audiovisual: Canal Ave María.

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