San Martín de Porres
San Martín de Porres vivió entre el servicio a los pobres y relatos de milagros que aún conmueven. Conoce su historia.
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Un albañil cae de un andamio mientras trabaja cerca del convento de Santo Domingo, en Lima. San Martín lo ve y, cuentan, lo sostiene suspendido en el aire. No lo deja descender de inmediato: antes pide permiso al prior, porque le habían ordenado no hacer más milagros.
Solo cuando recibe autorización, el hombre baja lentamente. En esa escena caben la urgencia de salvar una vida y la obediencia que marcaba cada jornada del fraile. Qué gusto que estés aquí, escuchando esta historia con el corazón abierto. La vida de San Martín importa hoy porque nos recuerda que la caridad puede empezar con quien está delante, incluso cuando ayudar cuesta.
Aquel hermano no fue recordado por buscar prodigios, sino por atender a enfermos, pobres y abandonados. Y antes de que su nombre cruzara fronteras, fue un niño de Lima que conoció el rechazo. Para entender la fuerza de su servicio, volvamos a esa ciudad y a la familia de la que vino.
Martín nació en Lima, en una familia marcada por diferencias que la sociedad de su tiempo convertía en barreras. Su padre era español; su madre, una mujer negra nacida en Panamá. Martín era mulato y, de acuerdo con una fuente, en su partida de bautismo figuró como hijo de padre desconocido.
También tuvo una hermana, Juana. Cuando era pequeño, su padre se llevó a los dos niños a Guayaquil con sus parientes. Ellos aceptaron a Juana, pero Martín regresó a Lima. Quedó al cuidado de Isabel García Michel, en Malambo, un sector habitado por negros y otros grupos raciales.
No hace falta imaginar una infancia fácil: las fuentes cuentan que fue despreciado por su origen y que creció en la pobreza. De joven aprendió el oficio de barbero y conocimientos de botica. Después esas habilidades le servirían para cuidar a personas que no podían pagar atención. Antes de entrar al convento, ya estaba aprendiendo a poner sus manos al servicio de otros.
En 1594, a los quince años, Martín pidió entrar en el convento dominico de Nuestra Señora del Rosario, en Lima. No fue recibido como los demás. Por ser mulato, empezó como donado, dedicado a tareas humildes, sin opción al sacerdocio ni al puesto de hermano lego.
Durante años realizó trabajos de servicio y limpieza. También fue campanero, barbero y enfermero. Su puntualidad y disciplina en la oración eran conocidas dentro de la comunidad. El deseo de consagrar su vida no borró el trato desigual que encontraba; tuvo que servir sin recibir enseguida la condición religiosa que buscaba.
Pasó nueve años como donado, hasta que finalmente fue admitido como hermano. Las fuentes ofrecen distintos detalles sobre el momento de ese cambio, así que basta decir que llegó después de años de servicio. Ya entonces, su experiencia de boticario y barbero se unía a una vida de oración. La llamada no lo apartó de los humildes trabajos: le dio un lugar desde donde atenderlos con mayor entrega.
La prueba más dolorosa no fue una enfermedad propia, sino el límite que la obediencia podía imponer a su compasión. Cuando una epidemia enfermó a numerosos frailes, Martín quiso llevar ayuda a quienes estaban apartados dentro del convento. Su superior le prohibió continuar, preocupado por el contagio.
En otra ocasión encontró en la calle a un hombre indígena que sangraba por una herida de puñal. Lo llevó a su habitación, aunque esa decisión podía desobedecer la orden recibida. Después aceptó la corrección y pidió que le enseñaran, porque no sabía que el precepto de obediencia tenía precedencia sobre el de caridad.
No se presenta como alguien libre de conflicto: su deseo de socorrer chocaba con reglas que también debía respetar. La respuesta de sus superiores fue darle libertad para seguir sus inspiraciones de misericordia. Martín podía atender a los enfermos, pero su entrega no convertía la obediencia en algo sencillo. En esa tensión se ve su humanidad: el impulso de cuidar y la necesidad de aprender cómo hacerlo sin apartarse de su comunidad.
En la enfermería del convento, Martín atendía a personas de distintos orígenes y condiciones. Sabía de botica y de barbero; palpaba, vendaba y entablillaba, y preparaba remedios para casos comunes. También socorría a los enfermos que encontraba, y los relatos cuentan que a algunos graves los llevaba a su propia cama cuando no había otro lugar donde recibirlos.
Un mendigo anciano, cubierto de úlceras y casi desnudo, extendió la mano. Martín lo llevó a su propia cama, aunque algunos hermanos lo reprendieron. Cuando un hombre pobre apareció herido en la calle, lo acogió y procuró trasladarlo para que recibiera atención. Cuentan que también se le atribuyeron curaciones que superaban los remedios ordinarios.
Entre ellas, la del arzobispo, que padecía dolores intensos y pidió que Martín lo atendiera. El fraile puso la mano sobre el lugar dolorido, rezó y, según el relato, el arzobispo mejoró enseguida. Martín no se adjudicaba el poder de sanar; decía: «Yo te curo, Dios te sana».
También se habló de su bilocación: sin salir de Lima, habría sido visto en lugares lejanos, acompañando enfermos y misioneros. Así, la fama de sus curaciones creció junto a su servicio cotidiano.
El cuidado de Martín no terminaba en las personas. Otra tradición cuenta que logró reunir a perros, gatos y ratones alrededor de la comida, sin que se atacaran. En una ocasión, una plaga de ratones inquietaba el convento. Martín les habló y les ofreció comida en la huerta, a cambio de que dejaran de invadir los espacios de la comunidad.
La imagen que quedó en la memoria popular es la de animales distintos compartiendo alimento. También se le atribuyó la capacidad de atravesar puertas cerradas para atender a frailes enfermos durante una epidemia. Quienes lo vieron, dice el relato, lo encontraban junto a los enfermos sin haber abierto las puertas.
La oración aparece en otras escenas vinculadas a él: se decía que, durante sus momentos de intensa devoción, se elevaba del suelo. Y hubo quienes afirmaron haberlo visto en tierras lejanas, aunque permanecía en Lima. África y Japón aparecen entre esos lugares, donde habría acompañado a misioneros o enfermos. Son relatos de asombro, pero en todos se repite una misma dirección: Martín acudía donde alguien necesitaba ayuda.
La fama de Martín no nació de un cargo importante. Creció entre las personas enfermas que pedían su ayuda, los pobres que recibían comida y quienes lo consultaban en el convento. También levantó, con apoyo de personas adineradas de la ciudad, el Asilo de Santa Cruz para reunir y ayudar a huérfanos, limosneros y personas sin hogar.
Murió el 3 de noviembre de 1639, mientras besaba un crucifijo y los religiosos rezaban el Credo. La ciudad acudió a su entierro. Muchos años después, el 6 de mayo de 1962, el Papa San Juan XXIII lo canonizó en el Vaticano. Su fiesta se celebra el 3 de noviembre.
Se le recuerda como el fraile de la escoba y como patrono de la justicia social; en Perú, su devoción reúne fiestas y procesiones. En Lima, una de las procesiones más concurridas parte de la iglesia de Santo Domingo, donde se encuentran sus restos. La memoria de Martín sigue unida a los pobres, a la paz y al servicio.
Tal vez hoy tienes más tareas de las que puedes resolver. El trabajo sigue, alguien de tu familia necesita atención y tú sientes que ya no te alcanza la energía. La vida de Martín no ofrece una fórmula fácil para esos momentos. Él también tuvo que aprender a servir dentro de límites y obediencias.
Pero su historia muestra algo concreto: mirar a quien sufre y no tratarlo como una molestia. El mendigo anciano, cubierto de úlceras y casi desnudo, recibió cobijo en la propia cama de Martín; los pobres recibieron comida y cuidados. Si te toca acompañar a alguien enfermo, quizá no puedas curarlo ni solucionar su situación.
Puedes estar presente, ofrecer ayuda práctica o buscar a quien sí pueda atenderlo. Martín había aprendido oficios que luego puso al servicio de los demás. Lo pequeño, hecho con constancia, también puede sostener a otra persona. Y si estás cansado, no confundas la caridad con tener que hacerlo todo solo. Su ejemplo no borra tus límites; invita a que, dentro de ellos, no pierdas de vista al prójimo que tienes delante.
Volvamos por un instante al albañil, suspendido junto al convento de Santo Domingo. Martín no actuó como quien busca ser admirado: esperó la autorización antes de permitir que el hombre bajara. Aquella escena reúne dos rasgos de su vida, la compasión y la obediencia. Su historia también empezó lejos de la fama, en una infancia de pobreza y rechazo, y continuó entre la enfermería, los trabajos humildes y la oración.
Señor, acompaña a quienes cuidan a un enfermo, a quienes viven la pobreza y a quienes necesitan ayuda. Enséñanos a mirar al prójimo con la caridad de San Martín de Porres, y a servir con humildad en lo que hoy está a nuestro alcance. Que su memoria nos anime a no pasar de largo ante quien sufre. Gracias por escuchar esta historia hasta el final. Si te hizo compañía, suscríbete al canal y volvamos a encontrarnos en otra vida de santo.
Fuentes consultadas
Contenido de divulgación católica elaborado con ayuda de inteligencia artificial (investigación, guion, voz e imágenes) y revisado por el equipo del canal. Las ilustraciones del vídeo son representaciones artísticas generadas con inteligencia artificial; este contenido es independiente y no está patrocinado ni respaldado por OpenAI. Producción audiovisual: Canal Ave María.