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Santa Clara de Asís

Santa Clara de Asís vivió entre la pobreza, la enfermedad y una fe que sostuvo a sus hermanas. Conoce su vida y los milagros que se le atribuyen.

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En San Damián, Clara agoniza. Lleva veintisiete años enferma, y ahora tres frailes se acercan a leerle la Pasión de Jesús. Son Fray Junípero, Fray Angel y Fray León, discípulos preferidos de Francisco. Francisco ya ha muerto. La mujer que fundó una comunidad y sostuvo una vida de pobreza escucha, al final, la historia del sufrimiento de Cristo.

No aparece como una figura distante: está en un lecho de enfermedad, acompañada por hermanos que ponen la Pasión junto a ella. ¿Qué queda en el corazón cuando la vida se va cerrando alrededor de una promesa? De esta escena nace el relato de Clara, una mujer cuya fortaleza no borró el dolor.

Querida amiga, querido amigo, quédate conmigo para conocerla de cerca. Su historia importa hoy porque muestra cómo una decisión de fe puede convertirse en cuidado, perseverancia y esperanza concreta, incluso cuando el cuerpo está limitado y el camino cuesta. Vamos a escucharla sin apartar la mirada de su humanidad.

La vida de Clara comienza en Asís, donde nació en 1194. Sus padres fueron Favarone Offreduccio y Ortolana de Asís. Esos nombres nos acercan a su familia, aunque de su infancia y adolescencia se conoce poco. No contamos con una escena de juegos, una conversación familiar ni un episodio que explique desde niña su camino.

Conviene no inventarlos. Lo que sí sabemos es que esa muchacha creció en la ciudad que después quedaría unida a su nombre y al de Francisco. Asís no fue solo su lugar de nacimiento: allí escuchó una predicación que cambió el rumbo de su vida.

Por ahora, Clara aparece en el umbral de esa historia, todavía vinculada a su casa y a su familia. Más adelante tendría que decidir qué hacer con lo recibido y con las riquezas que dejaría atrás. Su historia empieza sin grandes discursos; empieza con una joven de Asís, en una familia cuyos nombres todavía acompañan su recuerdo.

A los dieciocho años, Clara escucha predicar a San Francisco en la iglesia de San Giorgio, durante la Cuaresma. No es un encuentro cualquiera: de aquella predicación nace en ella el deseo de vivir según el Evangelio. Francisco no será solamente un maestro. También será su amigo fraterno y su guía espiritual.

Clara le suplica que la ayude a seguir ese camino; él promete acompañarla. En 1212, ella huye de su casa y se dirige a la Porciúncula, donde entra en la Orden de los Hermanos Menores y promete obedecer a Francisco. La respuesta le cuesta dejar atrás su vida anterior y renunciar a lo que tenía.

No se trata de una idea guardada para otro día: toma forma en una decisión concreta. Ese mismo año, Clara y Francisco dan origen a la segunda orden franciscana, la comunidad de las hermanas clarisas. Después, ella y sus seguidoras se trasladan a San Damián. Allí quedará ligada su vida a la oración, la pobreza y sus hermanas.

La elección de Clara no la dejó al margen del sufrimiento. En San Damián pasó veintisiete años enferma, mientras continuaba bordando, haciendo costuras y orando. Su cuerpo tenía límites; su responsabilidad con las hermanas seguía presente. También procuró que la forma de vida que había elegido quedara recogida en una regla propia.

Clara quería que la pobreza de la comunidad quedara recogida en una regla propia. Insistió para que esa forma de vida recibiera aprobación papal, aunque las normas religiosas de su tiempo no abrían fácilmente ese espacio a una mujer. No era solo una cuestión de escribir: estaba en juego que el carisma franciscano pudiera conservarse en las comunidades femeninas.

El Papa Inocencio IV aprobó la regla dos días antes de la muerte de Clara, el 11 de agosto de 1253. La fecha hace más intensa la prueba. Después de tantos años sosteniendo su vocación y atravesando la enfermedad, obtuvo aquella aprobación cuando su vida estaba por terminar.

Cuentan que un día quedaba un solo pan para alimentar a cincuenta hermanas clarisas. Clara lo bendijo y pidió que rezaran juntas el Padre Nuestro. Luego repartió el pan entre ellas. Una parte, además, fue enviada a los hermanos menores. La escena tiene una sencillez directa: una comunidad reunida, un alimento escaso y una mujer que lo comparte mientras reza.

El relato afirma que el pan alcanzó para todas. Clara expresó entonces su confianza con estas palabras: «Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?» En otra ocasión, el Papa Inocencio III visitó el convento.

Clara dispuso las mesas y pidió que pusieran pan sobre ellas para que el Pontífice lo bendijera. Él le indicó que lo bendijera ella. Clara se opuso, pero el Papa volvió a instarla. Entonces hizo la señal de la cruz sobre los panes. El relato cuenta que la cruz apareció marcada en todos.

La tradición recuerda otro momento de peligro para las hermanas. En 1240, hombres sarracenos, integrados al ejército de Federico II, se acercaron a San Damián. Clara tomó la custodia con el Santísimo Sacramento y la mostró desde la ventana del dormitorio. El relato dice que los atacantes huyeron.

En otra ocasión, Clara, inmovilizada por sus dolores, exhortó a las hermanas a orar y también logró que se retiraran. No tenemos detalles de sus rostros ni de las palabras de los invasores. El hecho que queda es el de una mujer enferma que, aun sin poder salir, sostuvo a su comunidad en medio de la amenaza.

Otro episodio ocurrió en Navidad. Clara estaba enferma y no podía abandonar su cama para asistir a Misa. Cuentan que recibió en el convento una visión de la Eucaristía mientras se celebraba, como si pudiera verla en el momento mismo. Mucho después, ese episodio ayudaría a explicar por qué fue elegida patrona de la televisión. En ambas historias, la clausura no fue aislamiento de los demás: sus hermanas estaban en el centro de su preocupación.

La vida de Clara no terminó con los muros de San Damián. Su orden se extendió y, durante el siglo XIII, llegó a España, Bohemia, Francia e Inglaterra. En España se contaban cuarenta y tres conventos. Clara dejó la Regla y el testamento, además de cuatro cartas.

Fue la primera mujer de la historia de la Iglesia en componer una regla escrita para comunidades femeninas y someterla a la aprobación del Papa. En 1958, Pío XII la proclamó patrona de la televisión, recordando aquel episodio navideño en que, enferma, no podía asistir a Misa.

La Iglesia celebra su fiesta el 11 de agosto. La devoción también conserva la novena durante los nueve días anteriores, del 2 al 10 de agosto, aunque puede rezarse en cualquier momento. Así, su recuerdo cruza siglos y formas de vida: está en las comunidades clarisas, en la fecha de su fiesta y en quienes vuelven a pedir su intercesión.

Tal vez tú también conoces días en que el cuerpo no acompaña, la casa exige demasiado o una decisión difícil parece no dar fruto. Clara no vivió una fe sin pruebas. Estuvo enferma durante años, y aun así siguió orando, cosiendo y acompañando a sus hermanas.

No hace falta convertir su historia en una receta para entender lo que ofrece: una vida puede seguir entregándose incluso cuando no puede hacer todo lo que quisiera. Si cargas con una preocupación familiar, quizá puedas empezar por el cuidado posible hoy, sin fingir que el cansancio no existe.

Si atraviesas dudas, recuerda que Clara pidió ayuda a Francisco y perseveró en una forma de vida que le costó dejar su hogar. Y si una tarea que consideras justa avanza despacio, su empeño por obtener la aprobación de su regla puede darte compañía. Su testimonio no promete que el dolor desaparezca. Te recuerda, más bien, que la fidelidad puede tomar forma en gestos humildes, en una oración y en la atención a quienes tienes cerca.

Volvamos por un instante a San Damián. Clara está agonizando y tres frailes le leen la Pasión de Jesús. Francisco ya no está; la enfermedad acompaña a la mujer que tantas veces sostuvo a sus hermanas. No hace falta añadir palabras imaginadas a esa escena.

Está la lectura, está Clara y está el camino que eligió, desde aquella predicación en San Giorgio hasta la vida compartida en la pobreza. Su historia no borra lo difícil, pero deja una compañía para quien hoy persevera con fuerzas pequeñas. Santa Clara, ruega por nosotros.

Fuentes consultadas

Contenido de divulgación católica elaborado con ayuda de inteligencia artificial (investigación, guion, voz e imágenes) y revisado por el equipo del canal. Las ilustraciones del vídeo son representaciones artísticas generadas con inteligencia artificial; este contenido es independiente y no está patrocinado ni respaldado por OpenAI. Producción audiovisual: Canal Ave María.

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